El centro que fundó Víctor Pérez García-Alvera afronta 75 años después los retos educativos del siglo XXI con mentalidad internacional y herramientas a la vanguardia pedagógica.
Un ejecutivo llega al aeropuerto madrileño de Barajas y se acerca al mostrador de una empresa de alquiler de coches. Lleva prisa y contrata un vehículo de gama media para llegar a su destino. El empleado que le atiende rellena los formularios y, para sorpresa del cliente, le entrega las llaves de un coche de gama superior a la solicitada. “Perdone, creo que se ha equivocado; este no es el coche que pedí”, informa el hombre trajeado. “Sí, ya lo sé, pero esta una cortesía que me permito concederle por ser usted, como yo, miembro de la gran familia del San Fernando”, replica el agente de la empresa de alquiler de coches. La anécdota es real; el “hombre trajeado” no es otro que Javier Martínez, el director del colegio San Fernando de Avilés, y el que estaba detrás del mostrador, un exalumno agradecido.
Como el protagonista de la escena descrita hay otros quince mil exalumnos, según la estimación del propio centro, repartidos por todo el mundo, en todos los sectores profesionales y en las más dispares disciplinas artísticas. Es la gran familia del “Sanfer”, como popularmente se conoce a un colegio plenamente identificado con Avilés desde su fundación hace ahora 75 años. Unas bodas de platino que invitan a repasar la historia escrita con tiza de un centro educativo que tiene la mente puesta en la superación de los retos pedagógicos del siglo XXI. “Aspiramos a educar, pero también a instruir –que no es lo mismo– a los hombres y mujeres del mañana, personas que tendrán que enfrentarse a las exigencias de un mundo global y trabajar en oficios que, en algunos casos, incluso desconocemos hoy”, manifiesta el director, que ve la efeméride del septuagésimo quinto aniversario del colegio como una excusa para regar las raíces al objeto de que florezcan nuevos brotes en las ramas del frondoso árbol del San Fernando. Un punto y seguido.
El primer capítulo de la dilatada historia del San Fernando lo escribió el sacerdote Víctor Pérez García-Alvera, natural de Juncedo (Molleda - Corvera de Asturias), donde nació en el seno de una familia campesina formada por sus padres y seis hermanos. Tras pasar en su pueblo natal sus primeros años, el futuro religioso estudió en el Liceo Avilesino, (colegio ubicado donde luego estuvo el cine Marta y María). Cuando terminó el bachiller continuó Humanidades en el Seminario de Valdediós, y terminó sus estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo. En 1925, Víctor Pérez; años después obtuvo la Licenciatura en Filosofía y Letras en la rama de Historia por la Universidad de Santiago de Compostela y se doctoró en Sagrada Teología.
Pero la faceta trascendente de la obra de aquel cura fue la pedagógica. Regentó durante quince años el colegio San Luis de Pravia, lo que le proporcionó una gran experiencia docente que luego volcaría en el colegio San Fernando. El colegio que ahora cumple 75 año comenzó sus clases en un chalé de la Magdalena el 13 de octubre de 1941 con 101 alumnos (50 de ingreso, 34 de Bachillerato y 17 de Comercio). En julio de 1976 y después de sucesivas ampliaciones cambió su ubicación por la que ocupa en la actualidad en la avenida de San Agustín. Víctor Pérez García-Alvera dirigió el San Fernando desde su fundación hasta su muerte, el 14 de enero de 1970. Le sucedió en la dirección su sobrino José Martínez.
La gran pirueta empresarial del San Fernando –no se olvide que, en el fondo, el colegio es un negocio– fue su mudanza a Gaxín, donde ya existía el colegio de los Agustinos, un diseño del arquitecto Antonio Daniel Pérez Eguiagaray cuya construcción había comenzado en 1963. Aquel colegio estaba diseñado para más de dos mil alumnos, una cifra alejada del máximo de alumnado que realmente llegó a estudiar en él. Esto hacía que el sostenimiento económico del mismo resultase inviable para la orden religiosa, lo que les llevó a venderlo. Y aquí entró en escena José Martínez, que fue quien llevó el peso de las negociaciones para culminar la compra del colegio en junio de 1976. En septiembre de ese año se iniciaron las clases en las instalaciones actuales, absorbiendo el profesorado y alumnado del antiguo colegio San Agustín. En ese primer curso estudiaron en el San Fernando 2.148 alumnos.
Javier Martínez, hijo del anterior director, concede una importancia capital al traslado de la sede, una operación de tal magnitud “que muchos bancos se echaron atrás asustados”, afirma el actual responsable del colegio. “Don José”, como era popularmente conocido, falleció en marzo de 1994. Hasta entonces, el centro había logrado consolidar su estatus de referente educativo en toda la comarca avilesina. Javier Martínez cogió el relevo, con su hermano José Luis en la subdirección, y los esfuerzos pasaron a estar centrados, aparte de ser consecuentes con la tradición del colegio, en formar el mejor grupo posible de profesionales de la enseñanza, en situar al centro entre mejores de la educación privada de España y en adaptar los planes pedagógicos a las necesidades del siglo XXI.
En su época reciente, el San Fernando ha promovido una renovación educativa y metodológica dirigida a ofertar la educación más moderna y de calidad posible. Para ello, según explica Javier Martínez, se ha implantado una metodología “activa y participativa en la que el alumno es el protagonista de su proceso de aprendizaje y en el que el profesor le guía para que desarrolle sus inteligencias múltiples”. La formación que imparte hoy el colegio busca conseguir un perfil del alumno basado en los atributos que plantea el Bachillerato Internacional: bilingüismo, capacidad de reflexión, dotes de comunicación, espíritu indagador y conocimiento de otras culturas por la vía de los intercambios internacionales. Además, como centro bilingüe, el San Fernando utiliza el inglés como lengua vehicular.
Todo esto refleja, a juicio de sus responsables, el espíritu innovador que caracteriza al San Fernando y que también se ha traducido en la renovación de sus instalaciones, donde la tiza con la que se ha escrito una historia de 75 años se ha convertido en un instrumento sentimental y obsoleto arrinconado por las pizarras digitales y los ordenadores.